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Microhabilidad Modelos Mentales

Interpretaciones Generativas y Adormecedoras

Los seres humanos siempre interpretamos de alguna manera lo que percibimos. El punto de partida es el recorte que hacemos al percibir; el marcado de la cancha. Luego de esto aparece la interpretación que hacemos de lo que percibimos. Con respecto a esto hablamos al principio de este escrito; ahora nos vamos a centrar en las interpretaciones y en cómo reconocerlas.

Desde el sentido común vigente, “las cosas nos pasan”. Somos ciegos a las interpretaciones que damos a los resultados y al sesgo decisivo que ellas tienen en lo que luego hacemos.

Desde el sentido común emergente, nosotros vamos construyendo el acontecer al percibir e interpretar de un modo u otro; este proceso además vive y convive con un contexto en el que se dan diversas otras contingencias.

Pasemos entonces a distinguir entre interpretaciones generativas y adormecedoras.

Serán generativas cuando observemos que nos habilita a una mayor gama de posibilidades de accionar en forma efectiva que si lo hiciéramos desde otra interpretación.

Las interpretaciones adormecedoras son aquellas que nos apaciguan, que nos duermen, que nos relajan en un ser inmutable y nos dejan con muy poca capacidad de acción. Por ejemplo: “yo soy así…”.

Siempre que hablemos de interpretaciones generativas estamos hablando, a su vez, de alguien que interpreta en un contexto determinado.

El aprendizaje

como una posibilidad para cambiar y construir nuevos modelos mentales

Una definición operativa de aprendizaje

En su libro La acción humana, Ludwig von Mises llama “satisfacción” al estado del ser humano que no se manifiesta, o no debe manifestarse, en la realización de acción alguna. “El hombre que actúa desea sustituir una situación menos satisfactoria por una más satisfactoria. Su mente imagina condiciones mejores o más ventajosas y su acción apunta a generar esa situación deseada. El incentivo que impulsa al hombre a actuar es siempre alguna insatisfacción. Un hombre perfectamente contento no tiene ningún incentivo para cambiar (…) Pero para hacer que el hombre actúe, la insatisfacción y la visión de una situación más satisfactoria no son suficientes. Una tercera condición se requiere: la expectativa de que el comportamiento tendrá el poder de remover o al menos aliviar la insatisfacción (…) Es por eso que el hombre se pregunta: ¿Cuándo y cómo debo intervenir para alterar el curso de los acontecimientos? ¿Qué sucedería si no intervengo…?”

He aquí que los dos primeros motores de la acción humana: realidad insatisfactoria y visión deseada, se enfrentan dialécticamente configurando una brecha. Esta diferencia, al igual que la diferencia de potencial de una batería, es la que genera la energía para el circuito de la acción. Sin una insatisfacción con lo existente y sin una visión de un futuro mejor, no hay razón para actuar. En todo esfuerzo hay un objetivo, una visión de futuro que impulsa al ser humano a utilizar sus capacidades y recursos para alterar la deriva natural de los acontecimientos.

Es importante resaltar que esta brecha no constituye necesariamente “un problema” o “algo malo”. La insatisfacción puede provenir perfectamente de una ambición que va más allá de la deriva natural de los acontecimientos. Por ejemplo, el deseo de retirarme a los 55 años puede impulsarme a ahorrar dinero hoy. No es que tenga (o prevea) un problema financiero, sino que tengo una aspiración que no podré concretar a menos que actúe en consecuencia. La brecha de insatisfacción no tiene por qué ser reactiva (responder a un problema); bien puede ser proactiva (responder a una aspiración).

El tercer componente de la acción humana es la asunción de responsabilidad y la confianza del actor en su capacidad para dirigir la deriva del mundo hacia su visión. Para actuar, el ser humano debe verse como protagonista de su destino, y no como víctima de sus circunstancias. El supuesto de la acción es que “no todo está escrito”, ya que ella sólo tiene sentido desde la indeterminación del mundo y el libre albedrío del ser humano. Aun culturas normalmente fatalistas reconocen la necesidad de atribuirle poder causal a la persona; así, por ejemplo, existen un famoso dicho musulmán: “Rézale a Alá, pero ata tu camello” y otro similar judío: “Reza como si todo dependiera de tu plegaria, pero actúa como si rezar no importara”. Para actuar en el mundo, el hombre debe tener el coraje de cambiar aquello que puede ser cambiado, más que paciencia para conformarse con aquello que no puede serlo.